miércoles, 16 de noviembre de 2016

COMENTARIOS

SHIRLEY VILLALBA, MISTIFICADORA DE LA PALABRA

          
Augusto Casola


No sé si es legítimo leer poesía y darle enfoque crítico, pues ella proviene de la exaltación emocional encendida por una sucesión de circunstancias inconscientes que culminan en el clímax indispensable de su nacimiento, siempre traumático y no siempre feliz. El resultado es la suma de los factores intrínsecos  que conforman la personalidad del poeta, su talento, su iluminación o su nous.
Una poesía, lo mismo que un cuadro o una escultura, impacta con diferente intensidad, según sea la comunión establecida entre el creador y el observador; es una relación subjetiva, espontánea, casi religiosa, donde el sentimiento, presente durante la elaboración de la obra artística se expone, ante un otro desconocido, como alegoría ya develada de su simbolismo y se apodera, se garra con “sus uñas escasas, sus palmas duras” de lo incierto, para hacerse carne y vida con el otro que, por esos extraños misterios rituales, se integra a la identidad de la obra y pasa a formar parte de ella.
Al actuar de crítico, uno suele volverse renuente a la contemplación simple y pura de la belleza y al pretender ser objetivo y consecuente, actúa de un modo inopinado y se extravía con frecuencia, de manera inmisericorde, en una erudición pretenciosa que esconde o, al menos, disimula la incapacidad del comentarista por penetrar las entrañas de la poesía.
·         
La obra poética de Shirley Villalba, es un juego de luces que combina la feracidad de su palabra – a través de la cual busca interpretar la conciencia oscura de su universo particular -, convirtiéndola en un secreto argumento que, a través de ella, el hierofante, impulsa a lo inexistente, a existir.
En Penumbra hembra, la autora parece querer comunicarse  consigo misma y, para ello, voluntaria o involuntariamente, recurre a la metáfora cuando dice: Estoy aquí/contemplando a una hormiga/ (…) cargando con el tiempo/ en forma de migas. O bien cuando destaca en Lluvia, los sentimientos que la envuelven en una fina capa de melancolía: Es esta una lluvia empapada de sequía/ lluvia de tristezas escondidas/con goteras de algunas alegrías.
   Avanza con pasos cuidadosos al encuentro de cada palabra, no porque las tema, al contrario, en general se muestra desafiante ante ella, dueña de esa altanería propia del aprendiz consciente de su valer, conocedor del potencial guardado en su alma, pero todavía preso de cierto pudor que lo retrotrae ante la posibilidad de develar una sensualidad imprudente, temeroso de enfrentar la penumbra hembra de aire y piedra/ que suena su inocencia; de flor y tierra/que sopla su tristeza; de fuego y fiera/ ahogadas en su esencia; de agua y niebla/ que sangra su mirada.     
Pero esa timidez no elude la fuerza de la palabra ni esconde el dolor que como mujer, siente cuando observa cómo

Besada de infierno
ella amamanta la silicona
de su pecho
con la rutina callejera
de los cuerpos
y sus tacos aplanados
de inciertos
la llevan cada noche
a echarse otro paseo.

Es un poema duro y sin concesiones éste que escapa de la pluma de Shirley Villalba con la misma facilidad con que lo hacen estos otros, en los cuales la autora expresa su disconformidad con relación a la incertidumbre, al anhelo insatisfecho por llenar los vacíos que enciende la duda, los celos y los celos, la poesía.

Hay, siempre hay
cosas debajo de la piel.

Hay secretos de una noche,
otros de una vida.

Hay mentiras por mentir
y verdades por negar.

Hay y mucho más,
si sueñas y puedes despertar.

            Pero estamos en el año 2005 y es el primer libro que reúne los poemas de la poetisa. Es el inicio, es la pubertad del verso que hace presumir el futuro. Pasa el tiempo y con él, la escultura de vida que en cada uno se cincela, espera su momento de presentarse ante el mundo con la fuerza de su desnudez, liberada de prejuicios, consciente de la madurez que le autoriza a eliminar abrojos y lanzarse, ya segura de sí misma, segura de su fuerza y su sensualidad, a la despiadada arena donde ha de lidiar con la furia y la indiferencia, con la realidad inerte de un mundo sin emociones, donde ha de, en fin, enfrentarse al monstruo devorador de la historia.
·         
            De ese recorrido, de esa voluntad que triunfa sobre la materia y el tiempo, de allí nace el segundo libro de Shirley Villalba, ya en el 2015, bien definido, concreto y contundente en su expresión, en lucha contra lo que sea. Así nos entrega Animal marcado.
            Inicia el poemario con un largo preludio que va del capítulo titulado Abreviaciones del sueño. Aforismos y reflejos hasta Semblantes y siluetas. Ficciones breves, en los cuales desarrolla una serie de aforismos y sentencias que, técnicamente no pueden ser considerados como poemas, aunque sin perder, por ello, el carácter substancial de la poesía, donde ensaya algunos retruécanos felices, sin la plenitud que logra en los capítulos Sobre la carne es el tiempo. Poemas que gotean y La nada haciendo formas de fuego. Poemas que llegan cantando.
            Mi fascinación hacia la poesía de la autora comenzó hace unos años, cuando me topeté, no recuerdo dónde, con este poema que titula Aguacero de luna:

cuando sus manos mojan mi sombra
la humedad me traspasa
 escribe en mi sangre
un camino de luz
que se hace noche en mis venas
y me bautizo por fuera
y me baño por dentro
y me aguacero de luna

que se refuerza ahora con éste otro Sabiduría de cántaro asentado en el libro:

Arcillo mi sed
y me desnudo de agua
y me refresco de luz
y me sediento de bocas
y me bebo.

y con el mismo estilo exclama en Encuentro:

enlábiame tu rostro en la boca
y deja que tu lengua me vea
y núblame la piel con tus besos
y encuéntrate conmigo
en mi sombra.

            En este su segundo poemario, la autora se desprende de timideces y vuela decidida a cruzar el mundo abierto a la metáfora, recurre a neologismos, elabora su condición de mujer en un erotismo apenas manifiesto a través de los poemas citados más arriba que, repentinamente adquieren audacia  cuando dice: por eso apriétame de nuevo/contra tu noche/y mójame de bocas/ y abandóname en la sal de tu sexo /(…)/que soñar después de ti es poca cosa o cuando medita en La habitación: anoche pudo ser cualquier noche, pero fue tu noche,/(…)/y llegaste así/ y también yo llegue/ y nos llegamos…/ será por eso ¿qué todavía nos hemos ido?
            A partir de Repujar la noche que sueña la herida. Poemas y viñetas, hasta Animal marcado. Ecos e intuiciones, juega con un lenguaje metafórico donde el erotismo no es extraño pero va recubierto tras un denso velo de palabras y juego de palabras, que sin duda, la autora maneja muy bien y con mucha mesura, como lo comprueba el penúltimo poema del libro Palabras de un perro que pareciera resumir el conjunto de la obra de Shirley Villalba que, con este poemario, alcanza un nuevo y muy elevado nivel dentro de su breve producción poética conocida hasta ahora.

y de tanto correr me alcanzo
(…)
me husmeo
me huelo
(…)
y me desconozco tanto
¡tanto!
¿quién soy?, me pregunto
(…)
entonces
yo me atrapo
me acolmillo
y me muerdo una soga al cuello

y me llevo a casa como un perro


            Para concluir, quisiera destacar la muy cuidada edición de los dos poemarios de Shirley Villalba, al cuidado de Arandurã Editorial, lo que parecería pueril, si no fuera porque muchas veces nos encontramos con ediciones donde tras una hermosa fachada, se esconden errores groseros. En cambio, estos dos poemarios, se pueden disfrutar a plenitud, tanto por su contenido como por su parte formal.





MERIDIONAL Revista Chilena de Estudios Latinoamericanos
Número 6, abril 2016, 67-87

Después de la larga noche: narrativa paraguaya contemporánea

Daniel Noemi Voionmaa
Northeastern University, Estados Unidos
d.noemivoinmaa@neu.edu


Un modo muy diferente de hablar de la dictadura es el que nos presenta Segundo horror (2001), de Augusto Casola. Una novela compleja, donde, como advierte el prologuista, “se ha ido creando el relato a través de pensamientos aparentemente sin hilar” y su final es “algo nihilista y absurdo” (9). En efecto, al final notamos que todo el texto fue (o pudo haber sido) escrito por Rolando o Rolo, el niño que aparece constantemente en el relato de la historia de esta familia y de una revolución fracasada. El pasatiempo exclusivo del Rolo niño es jugar con las hormigas en el jardín.

Ahora, su juego no es inocente: “Más tarde comenzó Rolo la persecución despiadada que desembocó en prisiones atiborradas, muertos, heridos y desaparecidos, lo que dio paso al terror” (20); o más adelante, al hallar un pedazo de carne con cientos de hormigas: “las roció con alcohol de quemar y les prendió fuego (…) hasta acabar transformadas en pequeñas carbonillas” (155). El narrador continúa en el párrafo siguiente: “Después de hacerlo se sentía más tranquilo. Las cárceles estaban repletas, con prisioneros que soportaban una vida de tormentos, de luchas sin sentido, obligadas a desplazarse sobre los cuerpos sin vida de sus compañeras. Fue la peor época, porque nadie se sentía seguro y entrar a las prisiones significaba la muerte” (155). ¿Se está hablando de las hormigas a las que Rolo gusta torturar? Se hace evidente que las hormigas son algo más que las hormigas; que Rolando representa a otro, que el sufrimiento de los insectos es el que viven los habitantes de la “ciudad subterránea” de la que se apoderó “un terror sordo y paralizante”. En este mundo, como en el otro, en el de los humanos, hay algo superior al primer horror que es la muerte: “(…) mi segundo horror y tal vez el más poderoso, es el miedo a seguir viviendo” (130). Así, en su buscada polifonía y a ratos confusa narración, Segundo horror reflexiona sobre la brutal violencia que ha vivido el país y los intentos de devolverle a la vida su plenitud. La metáfora de las hormigas, no por su obviedad sino gracias a ella, le otorga una terrible fuerza al relato y nos obliga a reconocer que en esa infancia (también
metaforizada) se hallan las raíces del horror presente.


***


Ritualidad  y libertad poética

Lourdes Talavera


“A vos”, se llama el libro de poemas de Augusto Casola cuyas motivaciones, en palabras del poeta, son: la idea de mujer que comparte con el hombre,  sueños, tristezas, y a veces hasta su desvaríos como asimismo celebrar los cuarenta años de la publicación de su primer poemario “27 silencios”,  que reveló sus sentimientos y emociones que fueron madurando y evolucionando en el trascurrir del tiempo.

Estudiosos de la literatura paraguaya, como Vicente Peiró Barco y Rudy Torga aluden a Casola como un poeta existencialista. El existencialismo como corriente literaria se fundamenta en el existencialismo filosófico cuyos principales referentes son Jean Paul Sartre y Albert Camus. Sartre sostiene el dualismo del ser, donde la apariencia y la esencia no son necesariamente proyección una de la otra sino que están fusionadas en el ser. Por otro lado, Camus expresa que el absurdo de la desubicación que siente el hombre en el mundo es debido a las situaciones desagradables que le toca experimentar. La temporalidad angustia al hombre porque lo ubica en el momento donde tiene que reconocer que pertenece al tiempo, y a través del horror que se apodera de él, lo reconoce como su enemigo. Para Sartre, la temporalidad se relaciona al “otro”.

La tristeza, la angustia, la soledad, el vacío, la orfandad y el desarraigo son elementos que caracterizan a esta corriente y el poeta deja que la esencia se devele por medio de su lirica en su búsqueda de libertad y reconocimiento propio. El poemario de Casola nos ofrece en cinco apartados sus poemas que más allá de su factura formal son un recuento de la vida, celebran el amor o el erotismo y de alguna manera son también una proclama libertaria, ante el absurdo de la muerte, reivindicando el instante del placer y la comunión humana.

Los ejes temáticos del poemario son el instante, el deseo, la mujer, el amor y la soledad, de ellos, se desprenden distintos episodios particulares. A lo largo del poemario puede encontrarse una oscilación entre el rapto extático y el desengaño amoroso. Se alternan distintos planos temporales y espaciales. También, un enjambre de dualidades, que busca reconciliarse: soledad-comunión, simetría-dispersión, amor -lujuria, instante-eternidad, norma-rebeldía, quietud-movimiento, reflexión-desvarío, razón-instinto, vigilia-ensueño. Pese a sus tonos ocasionales de angustia, tiene una vitalidad contagiosa que, frente al horror, el absurdo y el vacío que implica la finitud, erige los bálsamos de la poesía y el amor.

Todas las edades del mundo y todas las vivencias individuales se aglutinan en un instante de comunión humana. El poemario es un buceo en la soledad que vivimos, pero también involucra una invocación al amor, a la fusión entre los amantes y a la trascendencia cósmica del acoplamiento entre dos cuerpos que reproducen, en su enlace, el ritmo que gobierna el universo.  Frente a la caducidad de la fecha concreta, se erige la perpetuidad del acto amoroso.
“A vos”, el poemario de Casola constituye la inmersión del individuo contemporáneo en la angustia de la soledad, y apuesta por el desafío a las convenciones, el amor y hasta la lujuria. La poesía y el amor son perturbadores, porque desubican al lenguaje y al sexo de su función práctica y los tornan, a la vez, gratuitos y trascendentes; pero, sobre todo, porque cambian el sentido del tiempo.  Tornarse atemporal y reivindicar el ritual de la poesía y el éxtasis del placer  se transforman en un acto de libertad poética.



sábado, 3 de enero de 2015

PREMIO MUNICIPAL 2014

PALABRAS DE AUGUSTO CASOLA CON MOTIVO DE RECIBIR EL
PREMIO MUNICIPAL DE LITERATURA 2014

           Un premio literario no es consagratorio ni establece jerarquías. No pasa de ser el pestañeo de una luciérnaga y su duración apenas alcanza al de aquel. El reconocimiento de la obra de arte es casi siempre posterior a la vida física del artista y la transcendencia del escritor no constituye una excepción, aunque existen circunstancias fortuitas que promocionan a autores menos que mediocres sea por el mercadeo internacional o el apoyo de instituciones que recurren a los mismos esquemas  que,  de labios para afuera, muchos de sus miembros manifiestan rechazar, para luego sumarse  al oportunismo y el acomodo.
Sin embargo, pese  a corresponder a la utopía rousseauniana, yo también pienso que todavía existen “hombres antiguos en los tiempos modernos”, que cultivan el amor a la patria, integridad moral y la pasión por la libertad, personas que  no destruyeron todavía los lazos  de solidaridad ni desarrollaron el desmesurado afán de enriquecimiento.[1]
La intención de “Café con leche con pan y manteca” fue rendir homenaje a los 40 años de la edición de mi primera novela, “El laberinto”, en 1972,  con la cual di el primer paso en lo que después se transformó en una carrera que cuenta con 16 títulos publicados al presente y  abarca la narrativa, el ensayo y la poesía.
Me satisface que Café con leche haya sido galardonada. Me satisface porque el premio recae en una novela que, en mi opinión, es el resultado de la madurez del escritor y me satisface porque muchas veces es más fácil acceder a un premio cuando no se conoce el nombre del autor que cuando se lo conoce y me satisface el hecho de quedar unido, a través de él,  al nombre de ese gran escritor y gran señor que fue Rubén Bareiro Saguier, a quien va dedicado este Premio Municipal de Literatura 2014.
Ojalá que este Premio Municipal de Literatura,  el segundo en importancia en nuestro país, alcance mayor relevancia y afecte más de cerca a quienes, circunstancialmente, corresponda administrarlo, ya  que ondear la bandera del crecimiento cultural, puede ser una plataforma novedosa con que captar el interés de un importante grupo ciudadano, ansioso por encontrar el ambiente propicio donde exponer sus puntos de vista, con el recurso de parámetros inusuales y desacostumbrados.





























[1] Estudio preliminar a El contrato social, por María José Villaverde. Altaya. Barcelona. 1993

domingo, 5 de octubre de 2014

HAIKUS Y XOHAIKUS




16
olvidó correr                          
su cortina de nubes               
la aurora triste                       

Sinonomeno soranitanabiku atukikumo
東雲の 空にたなびく 厚き雲

18
duerme la luna                       
vestida de novia                    
la noche entera          

Yowotooshi sizukaniterasu siroituki
夜を通し 静かに照らす 白い月 

22
las leves garzas                                             
manchan de blancas plumas           
el verde estero                                                          

Sirasasgino hanemokiwadatu ryokusicchi
白鷺の 羽も際立つ 緑湿地

32
canta el viento                                   
su soledad ardiente               
cuando el estío                      

Natuzakari tatazumitekiku kazenooto
夏盛り 佇みて聞く 風の音

48
llora el otoño                         
un responso a las hojas          
de la calzada

Akinohino rakuyoufumiyuku yuubekana
秋の日の 落葉踏み行く 夕べかな

72
llora el jazmín      
su adiós a diciembre   
con níveas lágrimas   

Jasuminno hanagachiriyuku siwasukana
ジャスミンの 花が散りゆく 師走かな




84
despertaron hoy                    
trémulas de aurora     
las flores de trébol                 

Gyoukouno nakadesakizome kuroobaa
暁光の 中で咲き初め クローバー

85
fecunda el polen                      
la corola ansiosa                    
de primavera

Hanabanano inochihagukumu hananosin
花々の 命育む 花の芯







En Encarnación con los traductores(arriba).
Con mi presentadora yukiko Yamamoto y otros autores.ñadir leyenda

miércoles, 6 de marzo de 2013

LA PRINCESA



        
      Al cerrar tras de sí la enorme puerta de nogal, le acaricia el rostro la brisa  fresca que fluye del paisaje del bosque cautivo en el marco del cuadro y llega hasta sus oídos el gorgoteo incesante del arroyo al correr por el cauce donde acaba la pendiente del valle, alfombrada de florecillas multicolores sobre las que ondulan mariposas en torbellinos de luz.
      Contempló su habitación iluminada por el sol. La luz amortiguada cruza el denso cortinaje del amplio ventanal de molduras trabajadas hasta en sus mínimos detalles por las manos hábiles de los artesanos del reino.
      La Princesa percibe el halo de felicidad de ese mundo donde la metamorfosis creada por ella, da origen al  universo brillante y satisfecho que la rodea y al que alienta con los efluvios de su corazón, creando la incertidumbre extraña de sonido y luz que despierta a la vida a los juguetes, dispersos en desordenado contraste, dentro del ambiente mágico del recinto.
      Ante su presencia de hechicera, tras un breve temblor,  los pequeños seres vuelven a alentar  y se integran al reverbero  vegetal del horizonte, absorto en el tenue navegar de sus nubes.
      Los soldados de plomo desfilan en ordenada sucesión de columnas elegantes. 
      Los tamborileros enloquecen en su felicidad de latón, golpeando en frenético y descompasado ritmo los instrumentos que sostienen en  la  cintura con gruesos cinturones negros que destacan el rojo vivaz de los uniformes.
      Las muñecas, coquetas y frívolas, sentadas en un rincón, vuelven a tomar el hilo de antiguas conversaciones interrumpidas y  el saltimbanqui, todo rojo, verde y oro, evoluciona en temerarias acrobacias creando una red de  arco iris policromos al cruzar el espacio en arriesgada sucesión de pies y manos que van y vienen, cortando, con un silbido, el aire fresco y puro que brota del paisaje del cuadro  ubicado en una de las paredes de la habitación.
      De allí se extiende y cobra vida hacia el bosque pintado, el tornasol de arreboles que huye de un poniente absorto. Los árboles liberan el susurro del viento adherido a sus hojas al sobresaltarse a causa del canturreo del arroyo que se desliza y acaricia los vértices gastados de las rocas y el cantizal del fondo de su lecho.
      Es gracias a ella que el cuarto se amalgama a la magia de ese alucinante calidoscopio de colores, risas y sonidos, para crear el tiempo misterioso de vivir a través de la Princesa.
       Claro que sus padres, el Rey y la Reina, no imaginan la fantástica cosmogonía de esa galaxia secreta. La fascinación acaba ni bien algún extraño accede al recinto, que recupera de inmediato su aspecto deslucido y anodino de realidad. Los profanos ven un dormitorio infantil desordenado y un cuadro desteñido y cursi colgado de la pared.  
      Las otras habitaciones del palacio siempre despertaron miedo en la Princesa. Salones desleídos que parecen esconder la amenaza de extraños sortilegios, desdoblan en una ansiedad opresiva que la hace temblar de pies a cabeza cada vez que cruza frente a sus puertas cerradas.
      La Princesa prestó atención al golpeteo de cascos proveniente de la avenida y supo reconocer el de los caballos blancos, enjaezados en plata, ungidos a la carroza por un rico juego de correaje de cuero resplandeciente, la parafernalia adecuada para los coches destinados a transportar a los príncipes y princesas del reino.
      El traqueteo de las ruedas sobre el pavimento cesó cuando el vehículo se detuvo frente al portón del castillo y fue reemplazado por el taconeo de los botines de la Reina que resonaron urgentes dentro del silencioso corredor que conduce al aposento de la Princesa.
     Sonrió a sus amigos que uno tras otro volvieron a adoptar la máscara de juguetes comunes. Los colores fulgentes del cuadrito se replegaron hasta adquirir el tono opaco que se ofreció a los ojos de la Reina cuando abrió la puerta y tomó una mano de la niña. 
     Atravesaron el largo corredor de paredes oscuras que resudan su humedad añosa de dolor y lágrimas.
      A la entrada del castillo se accede luego de recorrer un extenso sendero - flanqueado de rosales multicolores en constante floración - que va a desembocar ante el enorme portón de hierro labrado. Allí está el carruaje, cuyo delicado diseño causó en la Princesa, como siempre que lo veía, una inexplicable sensación de placer.
      Ella misma no podría asegurar si la impresión era originada por las ruedas con engarces de piedras preciosas, por la nívea blancura de los asientos o por la espléndida sonrisa del joven paje que hace  de conductor y  de quien se sabe  secretamente enamorada.
      El la saludó con una breve pero elocuente inclinación del torso, quitándose el sombrero de plumas con el que tocaba siempre su cabeza rubia.
      Los caballos blancos, empenachados, a duras penas contenían su fogosa inquietud de caminos mientras esperaban entre relinchos y resoplidos golpeando, en breves saltos, sus cascos contra el pavimento, marcando un ritmo que recordaba al de  los alegres bailarines de mazurkas y polkas de las fiestas que eran frecuentes en los salones del Rey.
      Los otros príncipes, los que subieron a lo largo del trayecto, la llamaban a gritos, riendo entre sí y haciendo morisquetas para urgirla a acompañarlos. Ellos también iban cubiertos de esplendorosos vestidos de ricas telas coloridas, el atuendo adecuado a los príncipes y princesas de su edad.
      Giró hacia la Reina que inclinó el altivo porte para recibir un beso y luego, corriendo, la niña se dirigió al carruaje, donde la algarabía crecía por momentos.
      Su madre no pudo evitar el secarse de la mejilla la humedad de la saliva depositada con el beso y lo hizo, como de costumbre, aprovechando la distracción de la Princesa que subía a la carroza.
      Al tiempo que el paje restallaba el látigo sobre las cabezas de los corceles de blancas crines, ricamente adornadas, la Princesa volvió hacia la Reina su rostro, sonriente y mongólico y el viejo ómnibus arrancó, rumbo a la escuela de niños especiales.

martes, 26 de abril de 2011

CUENTOS DE "LA CATEDRAL SUMERGIDA"1984

La madrugada del día siguiente[12] [13]
La luna tempranera de las tres de la tarde, moneda incompleta, cuarto creciente, especie de mancha transparente, extemporánea sobre el cielo brillante y azul, soplo de viento que agita el verdín y el calor, enmarcan la hora en la cual Luciano inicia la cochura del chipá, que alienta en un humo oloroso y blanco, volviendo constantemente la cabeza hacia el sendero polvoriento, esperando, como hace todas las tardes de luna tempranera.
-¿No llegó todavía?
-Ya te dije que no puede, que no va a venir más, contesta su mujer, mientras acomoda en el canasto, la primera hornada de la tarde.
-Yo sé que va a venir -insiste Luciano y aspira el sahumerio que brota del horno de adobe y arcilla colorada- ¡Vos qué sabés! Te digo que va a venir nomás, porque ayer soñé una cosa rara y seguro que es buen anuncio.
La luna premonitoria sigue desvaída en el cielo intenso de la tarde cuando Luciano saca la segunda hornada, tan apetitosa, que apenas puede resistir el impulso de meter uno de los panecillos en la boca. Lo detiene la mirada dura de su mujer.
-Hoy vendimos mucho -comenta ella-. El segundo canasto ya se acabó.
Luciano se rasca el cuello, torturado por los mbarigüí: -¡Cómo pican estos bichos! -exclama- Me parece que va a llover un día de éstos.
La mujer carga el aromático manjar en el canasto grande que trajo la chica. El bolsillo delantero del delantal abulta en billetes apelotonados y su cuerpo, ancho y ondulante, se mueve con lento vaivén de las nalgas, al caminar.
Volviéndose hacia el hombre que sigue dándose palmadas dice: -No te hagas ilusiones. Hace tres meses que sigue éste calor y no hay esperanza de que cambie. Mirá nomás cómo está el cielo... Esos bichos te pican de puro hambrientos.
Luciano ceba el tereré en la guampa ornamentada con sus iniciales.
-A mí me parece que no pasa otra semana sin lluvia. Hay muchas nubes: el sudor resbala sobre las mejillas del hombre y marca, en su rostro, una larga cicatriz rosada que se abre paso entre la polvareda que forma una segunda epidermis sobre su piel, antes de gotear en la camisa transpirada.- Te estaba contando pues ese sueño raro que tuve -le dice a su mujer sorbiendo la infusión. Yo no aparecía, pero había un perro blanco, muerto, que se caía de espaldas en un precipicio.
-Yo no entiendo de sueños -la mujer coloca el canasto sobre la cabeza de la chica y siente como le crujen los huesos raquíticos-. Esta es la última tirada -dice-. A ver si vendés pronto porque después quiero que levantes la ropa, antes que sea de noche.
Luciano deja la guampa a un lado y queda mirando el camino que sigue la muchacha. El apteraó, aplastado sobre su cabeza, se confunde con los cabellos desgreñados: -Va a [14] venir por ahí- señala con el mentón-. Vos no me creés pero yo sé lo que te digo. Ese sueño que tuve...
-¿Porqué no te levantás y hacés algo? -responde Gumersinda con voz agria-. No sé lo que te pasa por ahora. Vos sabés bien que no puede ser -se dirige al rancho balanceando las nalgas inmensas-. Luciano, dejate de soñar y vení a tomar cocido o qué, ¿querés? No sé lo que vas a conseguir repitiendo siempre la misma cantinela.
El hombre levanta la vista hacia el cielo y vuelve a bajarla hasta sus pies descalzos.
-A la pucha que no me dejas en paz...
-Si te dejo, vas a estar todo el día haraganeando en esa silleta y hay un montón de cosas que hacer. Mirá nomás cómo está la casa. Hace años que nadie le pinta y el catre ese donde duerme la ñorsa va a caerse un día de éstos. Tiene todos los tornillos flojos y vos, lo único que querés, es estar ahí, sin hacer nada.
-Le estoy esperando, nomás -responde Luciano sin abandonar la mirada soñadora.
Quedaron muy lejos, en el horizonte de los recuerdos, los días en que Luciano iba a los bailes pueblerinos, persiguiendo muchachas y trabándose en discusiones por asunto de naipes o polleras. Al juntarse con Gumersinda, dejó todo eso para trabajar en su capuera y en la producción casi industrial del chipá, que logró alcanzar renombre hasta en la capital. En esa época, Luciano era incansable.
Construyó el rancho y, cuando Gumersinda descubrió su estado de gravidez, el hombre duplicó la actividad de los hornos, contratando gente que lo ayudara a fabricar y a vender el producto, llegando a enviar cien tiradas por día, que distribuían las camionetas, provistas de altoparlantes, anunciadores del sabor.
María Isabel conocía a su padre por el olor a tabaco, mezclado con el aroma del chipá recién hecho y por las interminables frases cariñosas pronunciadas con voz gruesa, en la dulce entonación de su idioma ancestral. A los tres meses reían juntos, a los seis, ella gateaba entre las piernas de Luciano y las montañas de chipá, acumuladas en el patio y de las cuales, María Isabel, probaba algunos trocitos que derretía entre sus encías sin dientes. Por momentos, Luciano dejaba de amasar, introducir y sacar del horno los panecillos y se dedicaba a jugar, diciendo cuantas ternuras pasaban por su cabeza, a las que María Isabel respondía con largas carcajadas sin dientes, de puro contento, sin entender nada.
El día de su primer cumpleaños, la casa estaba completa, con olor a pintura fresca hasta en el patio, donde los árboles lucían un aspecto alegre después del blanqueo de sus troncos. El pueblo, unas treinta familias, fue invitado a festejar el acontecimiento, y desde las ocho de la mañana, el rancho reluciente, se convirtió en el centro del desfile multicolor de matronas engalanadas y señores que, al influjo de los aperitivos, convertían sus bocas en torbellino de risas o se dedicaban a relatar anécdotas gloriosas de los años de guerra, mientras sus mujeres atendían a los niños, el asado, los chorizos, las morcillas, yendo de aquí para allá y sirviendo las bebidas que corrían en abundancia. Para la ocasión, Luciano hizo traer ciento cincuenta docenas de globos en la variedad más increíble que pudo imaginar y, durante una semana, la chiquilinada se pasó inflándolos hasta sentir los pulmones empequeñecidos, la boca seca y las rodillas temblorosas, pero al llegar el gran día, colgaban del techo, en las ventanas, de los árboles, en cada rincón de la casa, hasta la carreta y los cuernos de los bueyes se adornaron con globos inmensos.
Después del chocolate (que Gumersinda preparó en una olla gigante de cincuenta [15] litros) y las chipitas con cada una de las letras del nombre de su hija, Luciano y los demás invitados varones, se sentaron a truquear hasta la noche. Se encendieron los faroles a querosén y a los sones de la orquesta, contratada en la capital, bailaron los jóvenes, que no iban a desperdiciar esa oportunidad que quizás no volvería a repetirse.
Cerca de las tres de la mañana, la nena despertó sobresaltada, con sus ojos negrísimos atravesando la oscuridad que no comprendía. Bajó de la cuna, cruzó el pastizal entre las parejas que bailaban, se acercó a Luciano que no la vio y siguió caminando, hacia el bosque, atraída por los miles de ruidos, apenas audibles, de los animales nocturnos y el crujir de la hojarasca, pisada por sus pies helados. Se internó en la maraña de yuyos y ramazonas fantasmales, en pos del llamado que la despertó del sueño. Cruzó el arroyo, dejó marcas de unos dedos pequeñitos en la arena blanca de la orilla y se perdió en la oscuridad indecisa de la madrugada del día siguiente a su primer cumpleaños.
Se dieron cuenta cuando la mamá fue a ver si la nena estaba mojada para cambiarle los pañales. Nadie supo decir nada ni la vio. Luciano y cuantos hombres podían estarse en pie, iniciaron la búsqueda desesperada de la niña que se internó en la selva, sin importarle los globos, ni la música, ni la torta de tres pisos, ni su futuro en el rancho junto a sus padres, ni nada sino el insistente requerimiento del bosque que la impulsó a mezclarse con la maleza, dejando impreso sus dedos redondos, en la arena del venero como prueba de esa extraña nostalgia.
Nueve días después, rendidos por la fatiga y Luciano presa de una angustia desconsolada, volvieron a la casa que aún tenía algunos globos, desinflados y tristes, colgados de las ramas dormidas de los árboles.
-Ha de volver -exclamó sentándose en la hamaca- una criatura así no puede irse tan lejos. A lo mejor se quedó dormida dentro de algún tronco, en el bosque, pero seguro que va a volver...
Gumersinda limpió la casa, quitó los residuos de la fiesta, salpicó con agua de balde el piso de ladrillos y salió al patio, respirando a pleno pulmón, mientras de sus ojos caían lágrimas silenciosas y en la boca, le daban vueltas y vueltas las palabras que necesitaba decir a gritos, sin hallar el cauce por donde dejarlas escapar.
-Va a volver uno de estos días -le contestó Luciano cuando ella quiso saber, después de siete meses de la desaparición si debía guardar luto por la hija-. Se viste negro por los muertos y María Isabel no está muerta, así que déjate de preguntar macanas.
Gumersinda encendió esa noche tres velas a San Judas Tadeo y rezó un rosario porque fuesen ciertas las alucinaciones de su marido. Desde aquel día en que fueron a buscar a su hija sin hallarla, le seguían persiguiendo las lágrimas y dándole vueltas en la boca las palabras que no podía pronunciar.
Volvieron a preparar chipá, el negocio anduvo bien y Luciano no recordó más a su hija hasta tres años después, el día de su cumpleaños.
-Hoy cumple cuatro -le dijo a su mujer.
-Cuatro ¿qué?
-María Isabel -respondió Luciano muy serio tenemos que preparar la fiesta.
-Pero si no está.
-Ya sé, pero ha de venir.
-No viene más, Luciano, te digo que no viene más. [16]
El hombre no le dirigió la palabra en todo el día, pese a los esfuerzos de la mujer, que procuraba reconciliarse con el marido, uniendo a él su dolor común.
Gumersinda sentía que las viejas palabras iban a brotar, mezcladas con el aire refulgente del campo verde, fresco, oloroso. Salir, aunque Luciano se negara obstinado a reconocer esa realidad, acaso superior a su capacidad de resistencia.
La hora de los mosquitos y el chillido de los grillos tomó a Luciano sentado en la silleta del patio, frente a los hornos sin humo, en melancólico trasluz de rojo fuego, que extendía los brazos, desgarrando el vientre de la selva. Estaba quieto, formando parte del crepúsculo que huía entre el alboroto desafinado de pájaros invisibles y los cambiantes matices de una naturaleza triste, con la camisa desabotonada, flotando en la brisa. Así lo vio su mujer, al acercarse con un tazón de chocolate que había pedido y le escuchó decir, en voz baja, las palabras que abrieron ante ella todo el universo de su desolación, las que durante años anduvieron revolcándose bajo el paladar de Gumersinda.
-Mi hijita..., mi pobre hijita -al tiempo que de sus ojos, fijos en alguna lejanía interior, caían dos lágrimas impregnadas de los reflejos del recuerdo, provenientes de la línea perdida del arroyo, donde quedaron las formas de unos dedos pequeñísimos.
Estiró otra silleta y se sentó a su lado, en la penumbra, bebieron juntos el chocolate, dejando pasar las horas, hasta que la oscuridad fue completa y sólo una espesa vía láctea de luciérnagas inquietas, emitía destellos intermitentes al reflejar, sobre la superficie del campo, el brillo de las estrellas.
Al volver la chica con el canasto vacío, Gumersinda la esperaba en el mecedor de mimbre, que se deshacía en chirridos, al arrastrar su cuerpo de matrona, para delante y hacia atrás, en una sucesión inacabable de vaivenes.
-Aquí te dejo la plata, la señora -dijo.
-Bueno, andá a bañarte ahora antes que haga más fresco.
Luciano se acercó a su mujer sentándose en el otro sillón.
-¿Qué estás pensando? -preguntó.
-Nada ¿y vos?
-Nada.
Permanecieron sin hablar, escuchando a la muchacha sacar el agua del pozo, el ruido de la roldana, su deslizarse de pies descalzos sobre la arena del patio, cómo vaciaba el contenido del cubo en la palangana grande, el chapoteo del líquido, alzado con las manos para mojar el cuerpo teñido de luna.
Casi podían oír cómo tiritaba al frío contacto y el deslizarse de la toalla sobre su piel. Se puso los zapatos, el vestido color ciclamen y fue a sentarse frente al portón. Recién entonces, la pareja de ancianos, se percató del largo silencio que los había envuelto en una tenue capa de armiño impalpable. Luciano encendió un cigarro, aspiró el humo de tabaco fuerte, secado al sol, recorrió con la vista las paredes del rancho vacío, cada hendidura, cada recova desconchada y, sin poder soportar por más tiempo el hábito que pesaba sobre sus años de esperar inútilmente el sueño de la juventud (1), dijo, dejando gotear las palabras:
-No vino, otra vez..., mañana puede ser.
-Puede ser, Luciano, puede ser -contestó su mujer y permanecieron silenciosos, mirando la noche, con los ojos tristes y desolados, que en aquella madrugada, se opacaron para siempre. [17]



Whisky & ice
[18] [19]
Le digo «Delcy» y ella me mira con sus ojos, negros y sin emoción, fijos en los míos, acostumbrados como están a mirar sin ver, con la opacidad que se les habrá contagiado del tiempo que lleva trabajando en esa whiskería -últimamente, si uno analiza bien, se da cuenta que las denominaciones de las cosas, los lugares, las personas y las actividades que se desarrollan o ellas desarrollan, han sido rebautizadas, con nombres más sofisticados y eufemísticos, a los que estábamos acostumbrados en mi juventud.
Así, a los advenedizos se los llama consecuentes, a los ursos, financistas. A los ladrones, estafadores, coimeros y otras alimañas afines, se les confiere la cualidad de portentos comerciales. A los chiquilines petulantes y mal educados se les dice conflictuados, a las casas de cita, moteles y a los quilombos, whiskería. Podría seguir mencionando nuevas designaciones de las viejas costumbres, usos y sitios, si no fuera porque me resulta fastidioso dar la impresión de ser un cínico de ingenio, lo que no soy, o al menos, ingenioso, aclaro, antes de recibir el comentario de algún avisado observador de los que hay por ahí. Solamente a las reas se les sigue llamando putas, sin retaceos.
Le llamo «Delcy» y me mira entre los destellos de las luces estroboscópicas, música beat y jóvenes in. Yo solía decir antes música moderna, nuevaoleros, etcétera, pero se quedaba sin entenderme, por eso, cuando dije «Delcy», no me asombró que me observara de tan lejos, con sus pupilas estáticas en el pestañeo de las luces, sin dar importancia a lo que oía, ni a la música beat del casetero, que desliza sus melodías entre los dedos de las parejas que bordean la pista donde nadie baila, absortas en las caricias preliminares, matizadas con las risas agudas de las mujeres.
Las piezas tienen luz roja, filtrada por los agujeros de los ojos y bocas de las máscaras de isopor que les sirve de pantalla y son toda la iluminación, cuando uno entra a los tropezones con la silla o la cama hecha por décima vez y me dice: -Tenés que pagarme antes
-No -respondo- mejor cuando terminemos.
-El patrón quiere que se cobre adelantado.
-Así no quiero. Te voy a dar después.
La música sigue sonando y llega algo diluida hasta nosotros. Ya no digo «Delcy». La acaricio y desprendo el bretel de su corpiño. Ella ríe, con esa risa opaca y afectada, de tanto andar en la penumbra.
-¡Si ya me conocés! -exclamo haciéndome el molesto- No sé porqué me pedís que te pague antes.
-El otro día me jodieron
-Aha... [20]
Me acuesto después de haber puesto mis ropas sobre el respaldo de la silla. Su piel desnuda adquiere la coloración púrpura que vomitan las máscaras. En el salón siguen las risas, las conversaciones en voz baja y los dedos que investigan entre las minifaldas, que exhiben muslos y bragas, teñidas de historias nostálgicas.
Digo «Delcy» pero no me escucha. Canturrea la melodía que atraviesa las rendijas de la puerta cerrada tras la cual, está otra habitación con su pareja, la latita de cerveza medio tibia sobre la mesita de noche, su ropa a un costado sobre la silla, la mediabombacha y las botas blancas, bajo la cama.
Cierro los ojos sin decir nada pues ya no es Delcy, sino una masa sudorosa de carne marchita unida a la mía, que desprende, al transpirar, su olor a jabón y perfume baratos, y me contagia esa languidez de su mirada sin vida, oscura, inerme a causa de los reflejos rojos que brotan de dos esquinas de la habitación. Hacemos el amor con rabia -lo digo así para no resultar chocante- como si cada acción, cada movimiento, buscara separarnos, con una intensidad en la que nada tienen que ver las emociones y tratando de lograr lo antes posible ese placer obtuso y alucinado, proveniente de ésta masturbación de a dos, en la cual, el último gemido está cuajado del sabor amargo aposentado en nuestra angustiosa soledad, más vasta y desolada tras esa cópula lasciva, que culmina en la caricatura grotesca de un orgasmo sin ternura, condicionado a los reflejos involuntarios de mi cesión.
No digo más nada. Enciendo dos cigarrillos y dejo uno entre sus labios. Vuelvo a dar una mirada accidental a las máscaras, que siguen brillando con su risa fija y repulsiva, al humo que sale de nosotros y se expande en el ambiente, como extoplasma de nuestros cuerpos y a la palma de mis manos, en las cuales, olfateo su aroma peculiar, antes de repetir «Delcy», en un susurro final que permanece colgado de las sombras.
Ella no habla. Mejor. Prefiero que siga así, de ser posible desde que la saludo hasta la hora de despedirme. Puede ser que un día me anime a decirle:
-Apagá la luz esa, por favor, no quiero verte -pero tengo miedo a que me mal interprete y se enoje conmigo. Pero me doy cuenta que comienza a ponerse inquieta. Va a hablar. Ya se levanta. Tiene las botas puestas. Saco del bolsillo un billete arrugado que le alcanzo sin abrir la boca. Yo sigo tendido para verla vestirse con prisa. Arregla sus cabellos largos.
-Vamos pues afuera -exclama, sin más preámbulos.
-Ya enseguida.
Es poco más de las once y empiezan a llegar otros hombres que, al encontrar pareja, forman extrañas figuras chinescas en la semioscuridad de luces estreboscópicas -digo bien, ahora. En un rincón veo a Delcy tomada del brazo de un tipo corpulento, cuya grasitud excede su cintura y cuelga siguiendo la circunferencia del vientre, por encima de los límites del pantalón. Yo tomo otra cerveza, sentado en uno de los divanes y la veo dirigirse hacia el cuarto que acabamos de abandonar. El gordo ríe y la abraza, como si quisiera aplastarla, Delcy, ríe.
-No, gracias, salí recién, nomás. Estoy tomando una cerveza nomás.
Parece frustrada cuando vuelve a la pista, con el gordo detrás suyo, serio y jadeante, observando a su alrededor, como si temiera encontrarse con algún conocido, tal vez, y enseguida escapa hacia la calle.
¿Todavía no te fuiste? [21]
-No. Estoy haciendo tiempo.
-¿Querés entrar otra vez?
-No.
-Dame un cigarrillo, entonces.
Va al encuentro de un nuevo cliente. Tiene buena planta y me alegro por Delcy -echa humo por los agujeros de la nariz y sonríe entre sus labios pálidos, los ojos negros, negros, clavan la vista atónita en los chisporroteos de las luces giratorias, las luces negras, las luces estroboscópicas o como quieran llamarlas mientras continúa la música, las risas y los ajustes de precio entre Delcy y un caballero muy elegante de traje y corbata floreada que fuma cigarro, mientras otro tipo se divierte introduciéndole la mano por debajo de la minifalda y canturrea, haciéndose el desentendido.
- ¡No pues! -dice Delcy y se vuelve a medias. El caballero la sigue al cuarto mientras el cargoso repite su juego con otra de las chicas.
Yo salgo dando paso a cinco muchachos barullentos que ahora llegan, con olor a alcohol y despedida de soltero. Salgo y voy, por las calles que me alejan de Delcy, que debe estar con el elegante, encamados, la corbata sobre la silla, su pollera sobre la silla, sus olores mezclados, impregnándolo todo y las botas blancas, bajo la cama. [22] [23]



La hija chica
[24] [25]
Cuando nació nuestra hija chica, vivíamos desde varios años atrás, en la casona que pertenecía a la familia de Estela, mi mujer. Teníamos ya cuando eso una hija de tres años y medio.
La casa era de una arquitectura bien arcaica, con un largo corredor yeré interno que limitaba el amplio patio central, dando al conjunto la apariencia de esas construcciones auténticamente coloniales cuyas vigas, exageradamente grandes y semipodridas, descansaban sobre una hilera de cariátides de mirada sonámbula, como fantasmas aburridos de tanto estarse ahí quietos, soportando la presión del techo decrépito, todo cubierto de moho, tela de araña y humedad.
No habían muchas piezas desocupadas pues, desde los tiempos del bisabuelo de Estela hasta la fecha, la situación económica de la familia hizo honor a aquél célebre aforismo de «abuelo panadero, hijo caballero, nieto pordiosero» y no sólo eso, ya que en realidad cambiaron mucho los tiempos, desde la época del bisabuelo al de sus descendientes, tíos y primos de mi esposa, que, en dos o tres generaciones, no dieron muestras de talento comercial y uno a veces pensaría que hasta de lucidez. Lo cierto es que uno a uno fueron refugiándose en el caserón, lo mismo que Estela y yo cuando nos casamos, y allí cada uno vivía o vivió, en esas piezas su propia vida, casi sin preocuparse de los demás habitantes del colmenar y hasta reaccionando con violencia a los muy escasos intentos de intromisión a las celdas de sus hábitos, por parte de los otros cenobitas, sea quien fuere el intruso, excepto, tal vez, la tía Carolina, a quien conocí poco antes de su muerte y me pareció la única persona normal de la casa.
Cuando yo llegué, quedaban dos piezas abiertas donde nos ubicamos con Estela y después Elena, nuestra primera hija. La habitación ocupada por el tío Jerónimo no se abría nunca y se le dejaba la comida en una banqueta junto a la ventana enrejada de donde la retiraba -no sé si él o alguna de las ratas que cruzaban de vez en cuando el patio. Las cinco piezas contiguas estaban cerradas, selladas con sendos pasadores de hierro, asegurados con candados grandes y herrumbrados. Estela me explicó que habían sido las habitaciones de otros tantos miembros de la familia que murieron muchos años atrás y que, a partir de entonces, no las volvieron a abrir, por orden de la tía Carolina, siguiendo la costumbre familiar. Ahora bien, la razón que motivara esa tradición no se me explicó ni yo insistí demasiado en averiguarla, tal vez porque soy poco curioso por naturaleza, o, acaso, porque en realidad, todas esas piezas cerradas, con sus pasadores cubiertos de telarañas, me produjeron siempre un cierto desasosiego que procuraba esconder, aún cuando no me considero de esas personas imaginativas a quienes de pronto se le ocurre tener miedo y entonces crean un miedo para terminar teniendo miedo de su propio miedo. [26]
Pero uno se acostumbra a todo o a casi todo, en realidad, y de a poco fui identificándome con el ambiente de la casa, y, lo que en un comienzo considerara excéntrico e irreal, terminó resultándome rutinario, como los conciertos de mandolín del tío Jerónimo, que, a veces, los iniciaba a las dos de la madrugada para acabarlos bien entrando el amanecer.
Cuando nació Elena, nuestra hija mayor y fue creciendo, quedábamos en la casona nosotros y el tío Jerónimo, a quien pude ver fugazmente la noche del velorio de su hermana, tía Carolina. Y fue después de la medianoche, cuando no estaban sino los parientes más cercanos (a la mayoría de los cuales había visto una sola vez, el día que nos casamos Estela y yo).
El tío Jerónimo apareció en la puerta de la pieza de la tía Carolina vestido con un camisón largo, llevando en una mano el gorro con pompón y en la otra, su mandolín. Estaba tan pálido como la hermana colocada en el cajón y eran muy parecidos, ojerosos ambos, la piel pegada a los huesos, los labios finos, la frente característica de la familia, alta y noble, coronada por una espesa mata de cabellos blancos que le llegaban hasta el cuello. Fue sólo un momento, pero los observé primero a él, después a ella y me corrió un escalofrío, como si se hubiesen repetido las imágenes y volvieran a ser uno solo. Pero el tío Jerónimo se alejó enseguida y la impresión de que por algún influjo mágico la muerta y su hermano se habían unido (sorbiendo el que aún vivía alguna clase de aliento postrer de la tía Carolina), desapareció y volví a estar en un velorio común y corriente, solo que no me abandonaba la impresión de que recién después de irse el tío Jerónimo, la tía Carolina se murió del todo. Un rato después llegaron, hasta los que permanecíamos acompañando a la difunta, las pulsaciones del mandolín y quedé dormido.
Al día siguiente cuando desperté, el féretro se encontraba cerrado y en la sala. Observé también que la habitación de tía Carolina tenía echado el pasador de hierro y colocado un candado grande, parecido a los de las otras piezas cerradas del corredor.
Cuando murió el tío Jerónimo, algo así como un mes antes del nacimiento de nuestra hija chica, yo no estaba porque había viajado al interior por un asunto de negocios. Sólo al volver me enteré del suceso y cuando pregunté, me contestaron que el mandolín lo llevó un tal Eusebio, un hijo natural que tenía el tío Jerónimo -me enteré ahí nomás aunque parece que todo el mundo lo conocía, ¡quién lo hubiera imaginado!- y, por supuesto, la puerta de su cuarto estaba cerrada, candadeada y ya empezaba a semejarse a las demás. Como dije antes, uno se acostumbra, a todo, aún a una casa como la nuestra de la cual se ha de pensar que es medio rara, con todas esas puertas sin abrir y esas estatuas-columnas y esos ruidos que uno escucha de vez en cuando, cuando se acomodan los goznes resecos o cae la llovizna negra del polvillo en que se va transformando el techo, por el comején, o cuando las ratas roen los muebles que quedaron encerrados en los cuartos hieráticos o cuando la argamasa reseca de las paredes se descorcha, agotada de años y agostada por el calor y la humedad. Bueno, lo cierto es que tanto Elena, como nuestra hija chica, alegraban mucho la vieja casona y se divertían de lo lindo, haciendo más ruido del que se habrá escuchado en ella en por lo menos cincuenta años.
Ni a Estela ni a mí se nos ocurrió abrir nunca las piezas clausuradas, en parte por parecernos sacrílego romper la tradición y, en parte, porque con las dos habitaciones que utilizábamos, la cocina y la sala, era suficiente espacio para nosotros y las niñas, pues si bien teníamos algunas comodidades como el juego de living y el televisor que le regalé a [27] Estela en nuestro aniversario pasado, los muebles apenas disimulaban los inmensos ambientes de casa vieja que, en realidad, eran demasiado grandes para nuestras escasas pertenencias.
No le dije nada a Estela, pero volví a sentir el casi olvidado desasosiego de otras épocas y una constante opresión en el pecho, a medida que iba creciendo nuestra hija chica, pero no le dije nada y, sin embargo, sabía que algo raro estaba ocurriendo, pues me daba la impresión de percibir una respiración profunda desplazándose dentro de las mismas paredes, agazapada tras las puertas y ventanas clausuradas, como si por entre las rendijas casi invisibles de suciedad, escapara el aliento áspero y pastoso de las piezas, tanto tiempo aisladas de la casa y de su vida cotidiana.
En realidad, al principio yo tampoco me percaté del cambio, porque después de todo, ella era una criatura como otra cualquiera, que deja sus zapatos en cualquier lado y se sabía que eran suyos por la forma que tenían y porque estaban uno aquí y el otro debajo de la mesita de la sala; o uno aquí frente al sofá y el otro a su lado, con las medias a medio metro una de la otra y de cada zapato, y cosas así, que se ven todos los días cuando se tiene una hija chica, y que a nadie llama la atención porque después de todo, esos desórdenes y rarezas son propios de las niñas. Y yo creo que ni ella notaba nada, porque seguía igual que siempre, un poco más llorona de lo que la paciencia podía soportar, a veces, un poco más cariñosa, cuando quería algo, o de balde nomás, dejando su muñeca en la sala, el portafolios de la escuela, en el zaguán, el guardapolvos en la mesa de la cocina y un cuaderno sobre la tele y la caja de lápices en la heladera, como hizo una vez y le dije a Estela cuando se enojó, bueno - ¡no es para tanto! si al fin de cuentas, ella es la hija chica... Me parece que fue Elena, su hermana mayor, quien lo supo desde el principio, pero no dijo nada, porque estaría aburrida de que nosotros no la entendiéramos y nos pusiésemos otra vez a recriminarle con eso de que porqué siempre tenía que estar en contra de su hermanita o era que no le quería luego y que era chica y no entendía todavía las cosas. A mí me parece que Elena se dio cuenta antes que nadie y no dijo nada, por eso.
Pero después el asunto se volvió más peliagudo. Ya no eran el guardapolvos, los zapatos y el portafolios los que aparecían y desaparecían por las habitaciones de uso diario en la casa y Estela empezó a llevarse cada susto que, al principio, le daba risa pero después ya no tanto, cuando empezaron a salir muñecas de tres ojos y piernas sin cuerpo recorrían en cualquier momento del día o de la noche el patio, taconeando con energía. Pero resultaba todo esto especialmente desagradable por la noche, porque uno, ya adormilado o durmiendo, a veces, se despertaba con el lógico sobresalto que corresponde al ver flotando encima de la cabeza alguna figura informe y alucinada, fosforescente en la oscuridad. Por supuesto, mi esposa y yo comenzamos a preocuparnos y le preguntamos a Elena si qué le parecía a ella que estaba ocurriendo en nuestra casa y, como hace siempre, primero nos miró de arriba y abajo y vuelta arriba, mientras de la cocina venía flotando una mano que asía el sandwich, que recién yo había preparado para cenar, y respondió, como la cosa más natural del mundo: -Tu hija chica está soñando ya otra vez -y salió al patio perseguida por dos piececitos de cartón pintado que, por las apariencias, pertenecieron alguna vez a una muñeca despedazada quien sabe dónde. Llegamos hasta nuestra hija y al despertarse nos dijo que sí, que estaba soñando precisamente eso. Todas las cosas insólitas desaparecieron y en la pieza quedó el desorden habitual de ropas y útiles escolares, que hay siempre [28] esparcidos en las casas, cuando sobra espacio o cuando se tienen hijas chicas.
Nos fuimos acostumbrando a ver cosas raras cuando nuestra hija menor dormía y la mayor se distraía, sin darle importancia a las plantas que surgían de las patas de las camas o a las cabezas que iban flotando en el aire, husmeándolo todo y hablando entre sí sin articular sonidos, y parecían de verdad y por eso fue que se asustó tanto la muchacha nueva, cuando estaba repasando la sala y encontró un cuerpo sin cabeza sentado en el sofá y unos brazos gesticulantes en el sillón de al lado. Pero se asustó tan grande, que tuvimos que pagarle el día entero y encima un taxi, porque temblaba que ni podía caminar, y eso que tratamos de explicarle que no había motivos para tener miedo, que era un sueño nomás. Lo cierto que se fue y después que nos ocurrió lo mismo con otras tres o cuatro fámulas, decidimos realizar nosotros mismos los quehaceres domésticos, aunque Elena protestó, diciendo que ella ya otra vez tenía que hacer cosas por culpa de su hermana y la otra porqué yo voy a tener la culpa y Elena vos sos la que tenés esos sueños que le asustan a la gente y la otra yo no tengo la culpa porque mis sueños le asusten a la gente.
Más adelante decidimos no salir más ni recibir a nadie. Ya por entonces la casa se había transformado en un manicomio y era de locos vernos a nosotros mismos paseando por el patio, por entre las estatuas cuyos ojos parecían seguir el movimiento de nuestros cuerpos imaginados, figuras que de pronto desaparecían tras las puertas cerradas y volvían a aparecer a nuestro lado o detrás nuestro, cubiertas de un polvillo gris, que olía a oscuridad y encerrona y que, supusimos, era el vaho existente dentro de las piezas. A veces nos encontrábamos corriendo de un lado a otro, buscando Estela mi yo real y yo buscando a la Estela real, mezclándonos tanto que, al final, no sabíamos si estábamos hablando entre nosotros o con un sueño de nosotros. Chocábamos con las imágenes y no se sabía si uno hablaba con sueños o con personas, pues unos y otras contestaban algo a las preguntas y hasta me conversaba a mí mismo y, de pronto, debía escapar dando saltos desesperados, huyendo de las grietas que se abrían de golpe en el suelo o taparme los oídos para no escuchar el ensordecedor lamento plañidero del mandolín, que sonaba todo el tiempo, y cada vez peor, porque nuestra hija chica se fue desinteresando de cualquier otra cosa que no fuera soñado y vivía durmiendo.
En un momento que estuvo despierta, cuando volvió el silencio y desaparecieron las figuras que nos venían acosando y la casa readquirió su aspecto agotado y triste y la vieja y pesada arquitectura de cariátides el mismo aire de estolidez en sus ojos vacíos, pude encontrar a Estela y le dije que llamáramos a un médico, pero ya la hija chica cabeceaba como un borracho, a pesar de los sacudones que le dábamos, y de sus oídos escaparon, aleteando, un enjambre de luciérnagas enloquecidas, acosadas por una espesa nube de libélulas que chocaban entre sí y, todas juntas, luciérnagas y libélulas, tropezaban con nosotros, queriendo metérsenos en la nariz, en los ojos, en la boca. La única tranquila seguía siendo Elena que no dejó de mirar la tele dando de tanto en tanto, uno que otro manotazo para alejar a los insectos.
¡Pero qué pasa! -exclamé asustado. Elena seguía viendo la tele cuando comenzamos a flotar con todo lo que había en la pieza y, a nuestro alrededor, las sillas, la mesa, el televisor, al que se asió con fuerza Elena para no perder un minuto de su programilla favorito y yo, pataleando cabeza abajo y mi esposa aferrada al velador que también se pone a volar. Le grito desde una esquina del techo. [29]
-Hay que despertarle a la hija, hay que despertarle a la hija- demasiado tarde. Entramos a girar en un remolino que nos acerca a su vórtice y me veo despedazado en miles de partes repetidas que se mezclan con los ladrillos de la casa, las tejas del techo, los pisos, las puertas cerradas, que son arrancadas con violencia, aumentando la furia de la tempestad e inundando el ambiente con el aliento pútrido de su encerrona, y, a través de los marcos, desencajados y pálidos, tengo tiempo de ver los rostros de los tíos y las tías sentados en sus féretros desteñidos, cubiertos de telaraña y polvillo, observándome un segundo, ojerosos e impávidos, antes de ser también absorbidos por el torbellino y ya no sé dónde están las realidades y donde las ilusiones al divisar, en el fondo del abismo, a mi hija chica que sonríe dulcemente a sus sueños de los cuales, ahora entiendo, entraremos a formar parte definitivamente.
P.S.
Ayer pasé por enfrente de la casa de nuestros vecinos y me pareció raro que la puerta cancel estuviera cerrada con el pasador de hierro, echado por fuera y un candado viejo y mohoso. No sabía que hubieran salido de viaje, a pesar que no les veía más desde hace dos o tres días. [30] [31]